viernes, 19 de septiembre de 2008

Argüelles 5


La belleza. Argüelles era un hombre bello y a mí, la belleza me puede. Yo iba por el tercer tema, un tango de Cobián y ahí me lo cruzo. Lo vi de reojo en la penumbra rojinegra de la milonga. La penumbra engaña pero también ayuda. Estabas tan lindo. Quizás demasiado rubio para mí. Sí, yo también soy rubia y lo remedié. Te estudié como una arqueóloga que acaba de descubrir un fósil remoto y ansiado. Te pasé el pincelito para sacarte el polvo de las sombras engañosas y quedaron tus rasgos al ras. Hasta ese segundo yo había pensado que los labios más hermosos que había gestado la Humanidad eran los de John Malkovich. ¿Qué me vio él a mí? No lo sé. Sé que me ven los demás. Pedro… Le sonreí y me hizo una mueca y vino Miguel a buscarme para presentármelo, me llevó de la mano. Sentí esa mano huesuda de turco, me dejé conducir por esos tenebrosos pasadizos de las emociones y pensé “Mabel pará un poquito”, pero no podía parar y tu mesa estaba cada vez más lejos; algunos me saludaban o aplaudían y yo tenía tu boca como faro y quería encallar en tus brazos y naufragué Argüelles terminé masticando arena a tu lado viviendo de raíces escribiendo SOS en las olas inútiles en el salitre que me quemó…

3 comentarios:

perra de agua dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
perra de agua dijo...

Lindo lo de masticar arena, jajja. Tá buena esta historia :)

Adriana Romero dijo...

Lo peor de masticar arena es tragarla. Puaj!