sábado, 16 de agosto de 2008

Argüelles 4


A veces sueño con vos Argüelles. Sueño que sos un río de deshielo, frío. Una corriente helada que me chupa y me revuelca y no sé de dónde agarrarme y me dejo llevar porque no hay solución. Y me puedo morir. Puedo fallecer arrastrada por tu corriente gélida y no puedo nadar ni siquiera intentarlo, porque caigo al revés en el sueño y las manos que se acercan no pueden hacer nada y yo me dejo ir hasta quién sabe dónde. ¿Por qué me hacés esto?

No ves que sufro.

Mabel, Argüelles no podía arrastrar nada ni a nadie. Apenas arrastraba sus mocasines cuarenta y tres. El río no es Argüelles, por ahí no, Mabel. Lo que me sorprende es que en el sueño vos seas la víctima, ¿no será que estás proyectando, mujer? No será Argüelles la mujercita arrastrada por el agua fría de Mabel Herrera, río pedregoso, asesino de voluntades, mortaja helada y despiadada. Vos te adelantás a contar tu sueño antes de que yo pueda decir que Pedro Argüelles se convirtió en un títere polvoriento a tu lado. Me tenés miedo.

martes, 12 de agosto de 2008

¿Te gustan Los pibes chorros?

Le jugué al 18 a la cabeza, en la Montevideo, ¿podés creer que salió en la Entre Ríos?
Los dedos eran diez perros salchichas en hilera que se movían en forma independiente. ¡Tener perros salchichas en las manos! Solo le podía pasar al Hugui. Con los salchichas amasaba las medialunas, les daba la forma de medialuna, viste. Y ni un guau.
A mí me gustaba un poco. Pero no me cabía que lo llamaran Hugui y sus dedos… Si me pasa los perros por la cara, me muero. Un día, me dijo “ojos de polietileno”, cuando me puse los lentes de contacto. Callate, Hugui y seguí con lo tuyo que yo con vos no me meto. Una vez me cantó “Muchacha ojos de papel”. Otro día me silbó “Ojos así” pero no en la versión de Shakira, se parecía más a Horacio Guaraní. Pará, che. Yo dale que dale a las empanadas y él meta joda con mis ojos. “Yo vendo unos ojos negros, quién me los quiere comprar”. ¿Por qué no vendés tus dedos, boludo?
Siempre escuchábamos la lotería, Riverito a full. Es mi único vicio, decía. Yo no sé si estaba enamorada o era porque lo tenía tan cerca. Nos veíamos de lunes a lunes, un franco en el medio. No teníamos franquero, cuando él estaba de franco yo hacía empanadas y medialunas. Esos días eran un desastre para mí. No sabés cómo me quedaban mis chihuahuas. A veces, se me corrían los lentes de tanto transpirar y veía todo azul. Parecía un mar por abajo, esos mares azules y transparentes del Discovery. Hasta la margarina era azul.
Un día vino con una idea. Me preguntó si nunca había pensado en trabajar por mi cuenta. ¿Qué decís? Marina, hacé empanadas en tu casa y salí a vender. ¡Sabés los pares de ojos que te podrías comprar! Y vos anotate en el Incucai para un trasplante de pedos. Le dije “pedos” y nos morimos de risa. De la bronca, me salió “pedos”.
Cada vez que nos reíamos el encargado nos gritaba qué pasa y el Hugui le hacía un fáquiu que eran tres fáquiu juntos.
Cuando la hermana cumplió quince, me invitaron a la fiesta. Fue en la casa de un tío, en Paso del Rey. Allá fui, de largo, con un vestidito tornasolado que me prestó mi prima hermana. Yo no tuve “quince” porque no quise. Me deprimía imaginar a mis amigos y a mis tíos bailando en el patio, sobre el cemento alisado y al costado de los malvones plantados en una lata de membrillo o de batata. No, papá. Dejémoslo así. Si me caso, hago una fiesta grande.
Había globos por las paredes y unas palomitas de papel que volaban por los ventiladores de techo. Una preciosura. Al taller del tío lo habían pintado de blanco y con los globos rosados, era una locura. Todas las mesas con los mismos manteles y las sillas eran todas iguales menos cinco, bueno.
Me sentaron con unos parientes de Chivilcoy que eran divertidísimos y hacían chistes todo el rato y yo me reía total tenía fundas nuevas y ojos azules. Primero nos dieron matambre con rusa y después empanadas y pizza y baile. Hugui me sacó a bailar, se movía como un profesional de la cumbia, fuimos felices al ritmo de Néstor y ya no me importaba que le dijeran Hugui o Elhugui si bailaba tan lindo. Parábamos unos minutos, “a boxes” decía él para tomarse una cerveza. A la cuarta Quilmes, me sacó para afuera.
Mari, te tengo que decir algo. Se me heló la sangre y eso que se me patinaba el vestido de mojado que estaba. Mari, empezó de nuevo: A mí me gustan los pibes. ¿Los pibes chorros, Hugui? No, Mari. No me gustan las minas, me gustan los pibes. Como si hubieran tirado diez bolsas de harina de 50 kilos encima, todas juntas. Me quedé sin respiración. Apenas me recuperé, sin decirle ni a, me metí adentro y enfilé para la cerveza, me tomé un vaso de un trago y serví otro para él y se lo llevé. Seguía en el mismo lugar, mirando al cielo y con la camisa desprendida. Le di un beso en la mejilla y se agarró la bebida. Sentí pena. ¿Por él? No, por mí.
Vos sabés que yo te aprecio, Hugui. Y te queda bien el sobrenombre.