sábado, 19 de julio de 2008

Argüelles 1


Durante años he visto esa espalda, he registrado esa nuca, esos músculos tensos, erguidos. He compilado lunares, pelos respiraciones varias. He catalogado posturas, cortes de pelo, rulos incipientes. La espalda tiene dos brazos a los costados, no cuelgan, casi no se relajan. Brazos impertérritos, pretéritos.
Cuántos pensamientos entran o caben en horas, en días, en años de pensar profundo. Y siempre la misma pregunta ¿por qué dejaste que me fuera? ¿por qué no me detuviste? ¿por qué el sacrificio en la pira? En una pira apenas encendida que proponía una muerte lenta, sin el apasionamiento furioso de llamas carbonizantes. Tus vísceras apenas crujirían, tus espasmos serían pequeños cortocircuitos, débiles resplandores. Me hubiera gustado verte carbonizado, indescriptible, inefable. Muerto bien muerto. No un conjunto de órganos con el envase chamuscado, el pelo como virulana y un color tomate claro. Algo, un dato, un pequeño resquicio que yo pudiera traducir como furor, no digo apasionamiento, ya es mucho. Ponele, viviste como un pelotudo pero elegiste morir con un cuchillo entre los dientes, a lo Moreira. Nada de eso sucedió.
Murió Argüelles. No me lo digan a mí, que fui su mujer, con libreta y todo. Nunca vivió. Sobrevivió. Supervivió. Claro, la tonta soy yo porque en algún momento lo elegí. Antes de que lo abandonara, antes de que muriera, antes de que Miguel Mir me llamara para darme la noticia, lo elegí porque era intrascendente y los intrascendentes no opacan a nadie.

Lo que vos creés es que te quiso alguna vez, allá por el ’88. Pero no te quiso, lo deslumbraste con tu registro de contralto y “Nostalgias” cantado después de varias copas. Admiró tu desparpajo cuando le dijiste ¿Bailamos? Y te le apretaste húmeda, adheriste tu cuerpecito a esa bolsa de calabazas que era la anatomía de Pedro Argüelles. Tu blusita roja tenía el sudor de tres tangos y dos milongas y él no sabía bailar pero vos lo llevaste por la pista enredado en tus medias de red estrenadas esa noche. Lo condujiste como un muñeco inerme aunque tenía buen porte y no era mal parecido. Pensaste que en unos años podría protagonizar El coronel no tiene quien le escriba y terminaste considerándolo un Michael K. La primera noche, esa noche, fue un horror. Quiso ser galante y te corrió una media. Quiso ser tu amante y se casó con vos. Quiso quererte pero no le alcanzó. No pudo impresionarte con el dos ambientes al frente en Congreso, ni con el cero kilómetro, ni con la luna de miel en Cancún. Ah, le dijiste cuando te dio la noticia.

2 comentarios:

Ri dijo...

Literatura con fuerza, q gueno, un abrazo Chiquitin..

Anónimo dijo...

en epoca de vacas, a actualizar arguelles, me quede con el preludio...quiero mas! (zenon...)